miércoles, 8 de abril de 2015


EL FORMADOR

Era una casa en un barrio mal iluminado, opaca en su fachada pero digna.

En su interior cobijaba a adictos y alcohólicos que luchaban por rehabilitarse. Ellos asistían a reuniones casi todos las noches. Cada grupo de adictos tenía un monitor o formador que los ayudaba en su proceso de rehabilitación.

Huberto era uno de los formadores. De mediana edad, con una esposa que padecía de esclerosis múltiple. él era estéril y no podía tener hijos. Tal vez por eso trabajaba tanto, para no recordar su tristeza.

Muy tarde en la noche, preparaba con especial cariño la estrategia que debía aplicar con cada uno de los adictos. Trabajaba mucho para pagar el altísimo costo del tratamiento de su esposa. Él trabajaba como chofer de un humilde taxi, estropeado y con las latas colgando y cuando conducía entre los taxis más modernos, parecía que iba pidiendo perdón.

Huberto tenía su pasado oscuro, un pasado de adicción y humillación. Su pasado era una colección de fracasos, mentiras y engaños a sus seres más amados. Este trabajo de Formador era su fin último, su esperanza, su última oportunidad. No la perdería por nada del mundo. 

La lucidez, era esa meta que consistía en dejar para siempre las drogas y el alcohol. En ocasiones hospedaba en su propia casa a aquellos adictos en rehabilitación que no tenían donde dormir. También los alimentaba de su propia mesa.

Cada noche miraba las fotos de su esposa en las que ella aparecía sana, esas fotos donde aparecían riendo felices, abrazados y acaramelados el uno con el otro. Esas noches el ponía la luz baja y contemplaba esas fotos por tiempo indeterminado, acariciando y recordando tiempos felices.
Las fotos tenían algunas arrugas, no por el paso del tiempo sino por las gotas saladas que caían sobre ellas. El cuarto era modesto, de pocos muebles desvencijados y una vieja cortina. Cuando el monitor se acostaba al lado de su esposa, tomaba su mano y cerrando los ojos volvía a caminar con ella por los parques de la época de novios.

Pero había un deseo que ni a su mejor amigo le había contado, el formador quería morir el mismo día que su esposa falleciera. Mas su convicción cristiana le impedía suicidarse, así que todas las noches le pedía al creador que tuviera misericordia de él y le quitara la vida cuando su esposa muriera.
Todos los días se levantaba muy temprano para salir a manejar su taxi destartalado, manejaba con precaución y hablaba de las noticias a sus pasajeros para entretener sus clientes. Mientras tanto su auto se movía tosiendo asmáticamente entre los taxis del último año.

Llegaba puntualmente todas las noches a La Fundación terapéutica, Escuchaba con atención a los residentes en rehabilitación y antes de hablar consultaba con su corazón maltrecho, lleno de heridas, lleno de una profunda melancolía pero dotado de una singular sabiduría. El formador ignoraba que había algo más allá, algo invisible, algo que consolaba su profundísima tristeza, una tristeza que era más profunda que toda la mar que se extiende hacia horizonte de los recuerdos. Los labios invisibles de su madre le susurraban las palabras de vida que debía decirles a los residentes, y las manos invisibles de ella guiaban las manos del formador para abrazar a los decaídos de ánimo.

Tenía una cualidad especial este formador, él podía absorber la tristeza, la congoja, el desánimo y la angustia de un residente al abrazarlo tiernamente. Cuando venía de urgencia un residente a hablar con él , lo primero que hacía era abrazarlo, cada vez que lo hacía la energía negativa del residente se guardaba en el corazón del formador.

Durante la reunión el monitor exhortaba a sus discípulos a conocer sus conductas que los llevaban a consumir drogas y alcohol. En silencio cada discípulo guardaba estas palabras como un tesoro. Tesoro que debían usar cuando salían a la calle. El mensaje de todas las reuniones tenía un fin "La lucidez".
Con el paso de los años muchos de sus discípulos recuperaron la lucidez y la mantuvieron a lo largo de los años.

Había un residente anciano que logró después de tres años la lucidez total, y en su lecho de muerte el último pensamiento que pasó por su mente agotada, fue ese hombre que inexplicablemente se esforzaba por abrazarlo todas las veces posibles. El formador estaba acostado y supo cuando ese anciano falleció. Un golpe de dolor mezclado con amor convulsionó su corazón al punto que sintió que se iba. Pero la mano invisible del anciano volvió a dar ritmo a ese corazón. Esa fue la despedida.

Durante una reunión muy especial el formador les dijo a sus residentes, que ya estaban por terminar el periodo de rehabilitación, las siguientes palabras:
Compañeros amados, a través de ustedes he trascendido, a través de ustedes dejo mi obra, mi sello, mi perfección. Yo estaré con ustedes, para ustedes y en ustedes con mi espíritu.
Continúen mi obra, no desfallezcan, mi espíritu irá con ustedes donde vayan. Nos encontraremos algún día. Mientras tanto constrúyanse, pongan bien los fundamentos  que les enseñé, los puntales de la honestidad, responsabilidad, amor responsable y solidaridad. Cuando ya no esté con ustedes no dejen de reforzar los fundamentos que han construido con esfuerzo y pegado con lágrimas.

Estad atentos y lúcidos, vigilen sus conductas, ellas son sus puertas no las dejen abiertas, porque el ladrón de almas está atento y vigilante para desmenuzarlos como trigo que está listo para la cosecha.
Y cuando estén tristes, recuerden, vayan al pozo de agua que puse en sus corazones y miren. Verán mi reflejo en sus rostros, recordarán que yo pasé por lo mismo y recordarán mis palabras. En la superficie del agua verán sus tribulaciones que fueron mías también. Entonces desde el más allá les hablaré, no desfallezcan, la obra aún no está completa hasta cuando nos veamos al final del camino.

En ese momento tendremos la última reunión terapéutica, donde daremos cuenta de nuestro último día y tendremos la última retroalimentación.

Después que terminó la reunión terapéutica, los residentes se retiraron y el formador quedó solo en medio de la habitación con su la lápiz y su cuaderno, en éste anotaba los sentimiento y las cosas que había hecho cada residente el día anterior, sus alegrías, sus angustias, sus rabias. Esperó todavía un poco más porque sentía un hormigueo en el brazo izquierdo, luego un dolor súbito irradio desde el pecho.

El formador se dobló de dolor en su silla y apretó con fuerza los dientes. Un sonido de mensaje escrito sonó desde el celular, pero el formador no pudo verlo. El dolor se volvió horriblemente intenso y un rictus de dolor asomó al rostro del guía. Este era el dolor del sacrificio último, el dolor de la purificación de amor.

La contracción desapareció de la cara del monitor, su cuerpo se relajó y su espíritu se aquietó. Lentamente sus dedos dejaron escapar el lápiz y rodó lejos de la silla. El cuaderno cayó al suelo y su rostro se distendió.

El último mensaje de su celular decía: "Huberto ven pronto, tu esposa acaba de fallecer"

La oración del formador había sido escuchada.

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