EL FORMADOR
Era una
casa en un barrio mal iluminado, opaca en su fachada pero digna.
En su
interior cobijaba a adictos y alcohólicos que luchaban por rehabilitarse. Ellos
asistían a reuniones casi todos las noches. Cada grupo de adictos tenía un
monitor o formador que los ayudaba en su proceso de rehabilitación.
Huberto era
uno de los formadores. De mediana edad, con una esposa que padecía de
esclerosis múltiple. él era estéril y no podía tener hijos. Tal vez por eso
trabajaba tanto, para no recordar su tristeza.
Muy tarde
en la noche, preparaba con especial cariño la estrategia que debía aplicar con
cada uno de los adictos. Trabajaba mucho para pagar el altísimo costo del
tratamiento de su esposa. Él trabajaba como chofer de un humilde taxi,
estropeado y con las latas colgando y cuando conducía entre los taxis más
modernos, parecía que iba pidiendo perdón.
Huberto
tenía su pasado oscuro, un pasado de adicción y humillación. Su pasado era una
colección de fracasos, mentiras y engaños a sus seres más amados. Este trabajo
de Formador era su fin último, su esperanza, su última oportunidad. No la
perdería por nada del mundo.
La lucidez,
era esa meta que consistía en dejar para siempre las drogas y el alcohol. En
ocasiones hospedaba en su propia casa a aquellos adictos en rehabilitación que
no tenían donde dormir. También los alimentaba de su propia mesa.
Cada noche
miraba las fotos de su esposa en las que ella aparecía sana, esas fotos donde
aparecían riendo felices, abrazados y acaramelados el uno con el otro. Esas
noches el ponía la luz baja y contemplaba esas fotos por tiempo indeterminado,
acariciando y recordando tiempos felices.
Las fotos
tenían algunas arrugas, no por el paso del tiempo sino por las gotas saladas
que caían sobre ellas. El cuarto era modesto, de pocos muebles desvencijados y
una vieja cortina. Cuando el monitor se acostaba al lado de su esposa, tomaba
su mano y cerrando los ojos volvía a caminar con ella por los parques de la
época de novios.
Pero había
un deseo que ni a su mejor amigo le había contado, el formador quería morir el
mismo día que su esposa falleciera. Mas su convicción cristiana le impedía
suicidarse, así que todas las noches le pedía al creador que tuviera
misericordia de él y le quitara la vida cuando su esposa muriera.
Todos los
días se levantaba muy temprano para salir a manejar su taxi destartalado,
manejaba con precaución y hablaba de las noticias a sus pasajeros para
entretener sus clientes. Mientras tanto su auto se movía tosiendo asmáticamente
entre los taxis del último año.
Llegaba
puntualmente todas las noches a La Fundación terapéutica, Escuchaba con
atención a los residentes en rehabilitación y antes de hablar consultaba con su
corazón maltrecho, lleno de heridas, lleno de una profunda melancolía pero
dotado de una singular sabiduría. El formador ignoraba que había algo más allá,
algo invisible, algo que consolaba su profundísima tristeza, una tristeza que
era más profunda que toda la mar que se extiende hacia horizonte de los
recuerdos. Los labios invisibles de su madre le susurraban las palabras de vida
que debía decirles a los residentes, y las manos invisibles de ella guiaban las
manos del formador para abrazar a los decaídos de ánimo.
Tenía una
cualidad especial este formador, él podía absorber la tristeza, la congoja, el
desánimo y la angustia de un residente al abrazarlo tiernamente. Cuando venía
de urgencia un residente a hablar con él , lo primero que hacía era abrazarlo,
cada vez que lo hacía la energía negativa del residente se guardaba en el
corazón del formador.
Durante la
reunión el monitor exhortaba a sus discípulos a conocer sus conductas que los
llevaban a consumir drogas y alcohol. En silencio cada discípulo guardaba estas
palabras como un tesoro. Tesoro que debían usar cuando salían a la calle. El
mensaje de todas las reuniones tenía un fin "La lucidez".
Con el paso
de los años muchos de sus discípulos recuperaron la lucidez y la mantuvieron a
lo largo de los años.
Había un
residente anciano que logró después de tres años la lucidez total, y en su
lecho de muerte el último pensamiento que pasó por su mente agotada, fue ese
hombre que inexplicablemente se esforzaba por abrazarlo todas las veces
posibles. El formador estaba acostado y supo cuando ese anciano falleció. Un
golpe de dolor mezclado con amor convulsionó su corazón al punto que sintió que
se iba. Pero la mano invisible del anciano volvió a dar ritmo a ese corazón.
Esa fue la despedida.
Durante una
reunión muy especial el formador les dijo a sus residentes, que ya estaban por
terminar el periodo de rehabilitación, las siguientes palabras:
Compañeros
amados, a través de ustedes he trascendido, a través de ustedes dejo mi obra,
mi sello, mi perfección. Yo estaré con ustedes, para ustedes y en ustedes con
mi espíritu.
Continúen
mi obra, no desfallezcan, mi espíritu irá con ustedes donde vayan. Nos
encontraremos algún día. Mientras tanto constrúyanse, pongan bien los
fundamentos que les enseñé, los puntales
de la honestidad, responsabilidad, amor responsable y solidaridad. Cuando ya no
esté con ustedes no dejen de reforzar los fundamentos que han construido con
esfuerzo y pegado con lágrimas.
Estad
atentos y lúcidos, vigilen sus conductas, ellas son sus puertas no las dejen
abiertas, porque el ladrón de almas está atento y vigilante para desmenuzarlos
como trigo que está listo para la cosecha.
Y cuando
estén tristes, recuerden, vayan al pozo de agua que puse en sus corazones y miren.
Verán mi reflejo en sus rostros, recordarán que yo pasé por lo mismo y
recordarán mis palabras. En la superficie del agua verán sus tribulaciones que
fueron mías también. Entonces desde el más allá les hablaré, no desfallezcan,
la obra aún no está completa hasta cuando nos veamos al final del camino.
En ese
momento tendremos la última reunión terapéutica, donde daremos cuenta de
nuestro último día y tendremos la última retroalimentación.
Después que
terminó la reunión terapéutica, los residentes se retiraron y el formador quedó
solo en medio de la habitación con su la lápiz y su cuaderno, en éste anotaba
los sentimiento y las cosas que había hecho cada residente el día anterior, sus
alegrías, sus angustias, sus rabias. Esperó todavía un poco más porque sentía
un hormigueo en el brazo izquierdo, luego un dolor súbito irradio desde el
pecho.
El formador
se dobló de dolor en su silla y apretó con fuerza los dientes. Un sonido de
mensaje escrito sonó desde el celular, pero el formador no pudo verlo. El dolor
se volvió horriblemente intenso y un rictus de dolor asomó al rostro del guía.
Este era el dolor del sacrificio último, el dolor de la purificación de amor.
La contracción desapareció de la cara del monitor, su cuerpo se relajó y su espíritu se
aquietó. Lentamente sus dedos dejaron escapar el lápiz y rodó lejos de la
silla. El cuaderno cayó al suelo y su rostro se distendió.
El último
mensaje de su celular decía: "Huberto ven pronto, tu esposa acaba de
fallecer"
La oración del
formador había sido escuchada.
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