domingo, 23 de noviembre de 2014

LA BIBLIA EN BLANCO

El sujeto estaba muy deprimido, agobiado por problemas económicos, era tan desgraciado que hasta los perros le lamían con pena.

   Tan espesa era su tristeza que cuando iba a la plaza las palomas le tiraban migas y su sombra se quedaba atrás, agitando los hombros por el llanto.

   La depresión le quitó horas de sueño y como dormía poco, empezó a llegar atrasado a su trabajo, se quedaba dormido sobre su escritorio y sus compañeros se burlaban de él.

   Las mujeres lo rechazaban porque lo encontraban "desesperado por una mujer y patético".

   Una noche un amigo cristiano le sugirió que leyera la biblia, tal vez ahí podría encontrar palabras de consuelo. Esa noche fue a la librería y compró una biblia nueva, sellada con plástico en su caja.

   El infeliz fue a su pensión de mala muerte y frente a su escritorio abrió la biblia. Sintió ese intenso y agradable olor a "libro nuevo", se detuvo un instante saboreando ese perfume. Con mucho cuidado abrió el libro y una enorme expresión de asombro y decepción asomo a su rostro. ¡La biblia tenía todas las hojas en blanco!

   Con furia golpeó el maldito libro maldiciendo con impotencia al estafador del vendedor. Se tomó la cabeza con las manos y se puso a llorar sobre las hojas vacías.

   Las lágrimas del desgraciado mojaron una hoja y a medida que caían se transformaron en tinta roja que revelaron seis palabras: "Con Dulce Amor Te He Amado"

   Desde ese momento, se puede ver en la pieza del hombre, sobre un pequeño pedestal de mesa, una biblia abierta en una página de amor.

Autor: P.T.M.

 

jueves, 3 de julio de 2014

EL AGOBIADO

EL AGOBIADO
            Hoy como a las ocho de la tarde, caminando contra el viento helado, iba pasando por una calle semioscura. La calle estaba sola y muy fría. De pronto, veo la sombra de un hombre apoyado en un árbol raquítico. Mientras caminaba lentamente, contemplé por un instante y con cierto asombro la silueta. Levanté la vista y grande fue mi sorpresa. El árbol solo tenía colgando unas bolsas con basura. Pero la silueta era perfecta, era el perfil de un hombre delgado, apoyado con cierta pesadez en un escuálido árbol, me detuve y mire hacia atrás. LA OBRA ERA PERFECTA.

            La silueta del hombre en el piso reflejaba la de alguien cargado, apenas sosteniéndose contra las agujas del frío. Me hubiera gustado ofrecerle un cigarro. ¿Pero cómo darle un cigarro a una sombra?

Ese hombre existió. Hoy bajó desde su casa en el cerro. Agobiado por las deudas, impotente ante el triste espectáculo familiar, en su casa de terciado con calaminas, allá arriba en el cerro. Bajó un día, tal vez para buscar trabajo o pedir prestado, pero le fue mal. Quizás llevaba mucho tiempo en esa calamitosa situación, con las manos heladas y ateridas por el frío. Ni siquiera tenía para comprar una cajetilla de diez cigarros. Caminó lentamente por la calle desierta semioscura, y se apoyó en el árbol, el único en toda la cuadra. Se detuvo a pensar que hacer frente a su terrible situación. Valor para matarse no tenía. Ya era un hombre maduro y con cuarto medio apenas. ¿Quién lo contrataría?

            El hombre lloró. En silencio. Tan vastos y tan hondos eran sus sentimientos de desesperación, que sus lágrimas llegaron gota a gota a la raíz del silente árbol. Las millares de gotas humedecieron las viejas y secas raíces. Despertó a la leña con ramas, que por respeto a ese dolor, ni una hoja movió. Dolor que el árbol también sintió al ser abandonado por quien lo abonó y cuidó.

            Dicen que en la noche ocurren cosas extrañas. Eso dicen las abuelas antiguas. Y así fue, porque el retoño, antes seco e ignorado, abrazó al hombre esa noche. Nadie se dio cuenta. Nadie sabe que a las doce de la noche aparece en el suelo de una vereda polvorienta, la silueta de un árbol, con un hombre apoyado, que dio descanso al agobiado.

                                              P.T.M