EL FARISEO Y EL PUBLICANO
Un fariseo religioso, celoso de la ley del Señor y un Publicano apartado
de Dios, despreciable pecador subieron a un monte a orar.
El bendito fariseo había pagado el último diezmo y estaba muy contento
porque estaba por terminar el ayuno de cinco días, ¡todo un campeón!
El despreciable no pagó todo lo poco que había prometido pagar al señor,
y el último ayuno duró 60 minutos, al primero lo prometió y al número 60 se
atragantaba con desesperación con un pedazo de pan. Cero disciplina y dominio.
El fariseo dedicado, se codeaba con los principales sacerdotes y
predicaba desde la alta tribuna todos los sábados.
El despreciable con suerte asistía a los cultos y con dificultad cruzaba
el umbral por lo sucio que se sentía. Con suerte lo saludaba el perro de la
entrada exterior, aun así parecía que al olfatearlo hacía arcadas.
Cuando llegaba el fariseo alegre, el perrito corría presuroso a lamerlo
y todo el mundo lo saludaba y lo bendecía.
Cuando entraba el publicano, tenía que entrar con los ojos clavados en
sus sucias sandalias, para evitar las miradas de desaprobación de los hombres e
indiferencia de las mujeres.
Después que ambos llegaron a lo alto del monte, el fariseo oró así: Oh
Dios, te doy gracias porque no soy como los demás. Ayuno dos veces a la semana
y pago el diezmo de todo lo que gano.
Pero el despreciable, a distancia del lugar santísimo y del fariseo, no
se atrevía ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho,
diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!
Mientras tanto, tres varones rodearon al publicano, al escuchar su voz
temblorosa vieron como caían sobre él multitud de gotitas finísimas,
parecían chispitas de luz que se mezclaban con sus lágrimas, éste se
estremeció y cerró aun más sus ojos, esas gotitas eran las lágrimas del Padre,
que salían de sus ojos por amor a ese varón.
Justo en ese momento tronó la voz de YHVH llamando a los tres varones, en
el acto desplegaron enormes y fuertes alas para iniciar el vuelo, pero unas
gotitas los alcanzaron y por unos segundos retuvieron el despegue,
partiendo luego a una velocidad celestial.
El publicano sintió una ráfaga de viento y abrió sus ojos húmedos al
cielo, alcanzó a ver por un instante tres estelas fulgurantes.
El Padre les preguntó a los tres varones.
- ¿Por qué habéis demorado vuestro regreso?
Los tres respondieron:
-Somos tus siervos y no tus hijos, pero cuando nos alcanzó tu rocío, por un precioso instante nos sentimos uno de ellos.
Autor: P.T.M