martes, 31 de diciembre de 2013

EN MI NOMBRE



EN MI NOMBRE

Hago la limpieza en un liceo, mi tarea consiste en barrer el patio y los pasillos. Es un liceo gigantesco.

Ya perdí la cuenta de los años que llevo limpiando salas y ordenando mesas.

Tengo una deformación en el cuerpo, por eso nadie se fija en mí, nadie me habla, ni ellos se acercan. No me importa, ya me acostumbré a ser ignorado. Pero antes por lo menos me saludaban, ahora nadie me toma en cuenta.

Mi Liceo es pobre y la mayoría de los alumnos también. Yo también soy vulnerable. Hay mil trescientos estudiantes, no todos alcanzan a comer su colación en el comedor, muchos comen en las escaleras o en el patio. Por eso me preocupo de barrer todo antes de que ellos almuercen.

En invierno oscurece temprano, a veces las ampolletas de los pasillos se queman y todo se envuelve en sombras. Hay un fenómeno raro en este Liceo, dicen los auxiliares que cuando entran a limpiar, a veces encuentran salas que están más frías de lo normal y sale vaho de sus bocas.

Cuando limpio las mesas y trapeo el piso, no sé por qué algunos comentan que en algunas salas se escuchan ruidos y luego van a mirar y están vacías. Es mi trabajo, ellos se lo merecen, muchos de ellos necesitan de mi obra, mi firma, mi sello.

Encontré un papel arrugado en el piso de una sala, era una nota suicida, supe quien era. Traté de hablarle, pero me ignoró, ni siquiera me escuchó. Una semana después, en la sala de ella amaneció un escritorio vacío. Sólo la tristeza, con ojos de sorpresa, ocupaba su pupitre.

Detesto al jefe de administración escolar, he trabajado duro para que vea mi trabajo, pero desde hace un tiempo se ha mostrado indiferente conmigo. Parece que se le subieron los humos a la cabeza, desde que supo que lo van a ascender el próximo mes. Cuando le hablo en el pasillo el mira hacia atrás y ya no se fija en mi como antes y sigue caminando.

Todavía me acuerdo de la alumna, la niña del papel arrugado. Ahora recuerdo su nombre: Geni lia. Dicen algunos que se aparece en un rincón del liceo, en los pasillos del pabellón de secretariado.

No puedo olvidarla, cuando estoy barriendo o trapeando el piso, aparece su carita sin permiso, en mi mente. ¿Por qué? A veces creo que se me va a aparecer, pero nada sucede.

Hace tiempo que nadie me habla, desde que empezaron a hacer esas aburridas misas en las que insisten en mencionar mi nombre, el 1 de noviembre, el día de todos los santos.






Autor: P.T.M

viernes, 13 de diciembre de 2013

CUANDO ELEVAMOS EL VOLANTÍN


CUANDO ELEVAMOS EL VOLANTIN
Este es un relato que escribo para mi mismo. No lo escribo para los hombres ni para usted estimado lector, lo hago solo para que este relato sea desechado, como se desecha un pedazo de papel higiénico.

Cuando tenía aproximadamente catorce años de edad, tuve un buen vecino que era hijo único igual que yo. Vivíamos en una cuadra rodeada de negocios comerciales, pequeñas tiendas. El era mi único amigo en la cuadra.

No tenía nadie con quien jugar excepto con mi vecino que se llamaba Juan. Juan es un nombre biblíco, que tiene cierto carisma y misterio, les da a aquellos que lo portan, una cualidad especial que los hace amigos del destino, compinches de los hombres.

Asistía a un colegio donde un grupo me molestaba, era un suplicio ir a ese detestable colegio. Los mejores momentos eran cuando regresaba y estaba solo, en mi imaginación no me podía aburrir, siempre había un libro cerca de mi cama para leer y releer. Ese era mi regugio.

Si no estaba leyendo entonces buscaba a mi amigo Juan. Mi casa era larga, primero había cuarenta metros de patio y luego venía la casa. Ésta colindaba por medio un único muro con la extensa casa de mi vecino.

Cuando necesitaba llamar a mi amigo lo hacía subiendo una desvencijada escalera de madera que estaba justo al lado del muro que nos dividía. Entonces pegaba un grito "Juan Eduardooooooooooooooooooooooooooo" y así repetía el grito hasta que aparecía mi regordete amigo en el patio de su casa.

Los dos eramos hijos de madres separadas, sin ninguna ayuda de nuestros padres. Teníamos madres esforzadas que luchaban por mantenernos en tiempo de dictadura militar. En esos tiempos de represión brutal sólo quedaba, nuestro refugio, la imaginación.

Al lado de la casa de mi vecino había una feria. Desde mi muro podía contemplar el largo tejado y estaba lleno de cosas que los feriantes guardaban o ya no usaban.

Un día,en la tarde, contemplando el techo de la feria se me ocurrió una idea.

Le dije a mi amigo que subiéramos al techo de la feria. No era difícil subir, solo teníamos que agarrarnos de las salientes del muro para llegar arriba. Cuando llegamos al techo, preparé mi volantín con un larguísimo hilo. Debido a las construcciones cercanas el viento era limitado y esto hacía muy difícil elevar el volantín.

Pero algo me decía que se podía lograr, no sé, tal vez algún espíritu misterioso me susurraba como silbo apacible y delicado que tenía que elevar ese volantín en condiciones tan difíciles.

Estabamos arriba, en el techo de la feria. Dos adolescentes imberbes, uno muy gordo y otro muy flaco, ante el desafío de elevar un volantín dentro de la misma cuadra y con edificaciones alrededor.

Pero algo me susurró a mi alma, algo que decía que se podía lograr. Le dijé a mi vecino que lanzará el volantín hacia arriba mientras yo sostenía el hilo del volantín. Mi amigo lanzó muchas veces el volantín, pero era muy difícil que remontara el vuelo. Hicimos muchos intentos para que subiera al cielo. Realmente era mucho más difícil de lo que imaginaba, estaba a punto de darme por vencido. Pero entonces en ese momento vino el susurro a mi alma, que decía que hiciera un intento más, sólo un intento más. Y así lo hicimos, y al hacer el último esfuezo vino una ráfaga de viento que elevó el volantín a lo alto, al cielo infinito, azul y tranquilizador.

Estabamos felices, una empresa que parecía imposible lo logramos, contra todo pronóstico el volantín emergió victorioso a lo alto. Subió tan alto que el hilo colgaba como una parábola. La cometa se elevó y se elevó tan alto como pudo. Extasiados contemplábamos nuestro triunfo. El volantín se movía de un lado a otro, amenazando su sustentación, pero ante unos mínimos tirones que le daba lo volvían a su lugar.

Entonces llegó la hora de recogerlo. Tenía mis dudas respecto si iba poder traerlo de vuelta. Pero el azar se encargó del resto. El hilo de improviso se cortó, el viento de encargó de llevarlo a misterioso destino. Vimos con estupefacción como lo llevaba aún más alto, se alejó hacia el horizonte, hacia lo desconocido.

Un niño descubrió un volantín en el tejado de su casa y alegre se apropió de el. Pero no tenía idea del significado de esa cometa. Un significado de triunfo, de trascendencia, de sueños aparentemente imposibles.

De esperanza.


Autor: P.T.M

ELLOS NO ENTIENDEN



ELLOS NO ENTIENDEN

En memoria de mi alumno de segundo medio E.R. que en paz descanse. Para que se acuerden aquellos que lo molestaban.

Ellos no entienden que no puedo hablar.
Ellos no entienden que no puedo moverme.
Ellos no entienden cuánto quisiera abrazar a mi compañera de curso.
Ellos no entienden que me duelen sus burlas.
Ellos no entienden que quisiera levantar mi mano, responder al profesor y ser el lucero de la mañana. El fulgor que espanta las tinieblas.
Ellos no entienden.
Notas de Piano, notas que me consuelan.
Ellos no entienden, porque no pueden mirarse desde fuera. Su propio ombligo es su Dios.
Ellos no entienden que tiembla mi cuerpo cuando ella se acerca a mi escritorio.
No hay modo.
No hay manera.
Otro la tendrá.
Otro sacará mejor nota que yo.
Otro brillará delante de todo el curso.
Otro bailará mejor que yo.
Ellos no entienden.
Ellos no entienden que mis brazos se entumecen, mis piernas se rigidizan.
Ahora me visten con una manta blanca y me prenden velitas.
Porque soy un muñeco de yeso que quiso ser un niño de hueso.

Autor: P.T.M.

EL BARMAN


EL BARMAN

El atribulado Barman no rindió más. Decidió que el último día de diciembre iba a ser su último día de Barman.

No podía ser de otra manera.

El Barman me dijo: “Tengo una hija que mantener”. Con estas palabras, entonces entendí el concepto de honor, integridad y lealtad.

Cuando le pregunté sobre las rubias espectaculares que trabajaban con él. Me dijo “Uno tiene que conformarse con lo que a uno le hace feliz”.

La fuente de sabiduría no mana de fuente de oro sino de humilde fuente de barro. En ese momento una idea irrumpió con fuerza en mi mente, la idea de Yahve como Dios Padre, que glorifica lo débil y no apaga la mecha que humea. Lo débil que lucha por no apagarse.

Y así se glorificó el Dios todopoderoso, en aquel bebedor de barra y su respectivo Barman. El padre del bebedor en atención al clamor de su hijo, bendijo al Barman.

El Padre dijo: “Así como te has humillado, tú mi hijo, a lo sumo te exaltaré, a lo altísimo, y a los tuyos contigo”

Entonces desperté. Con una caña de este porte.


Autor: P.T.M