EL AGOBIADO
Hoy como a las ocho de
la tarde, caminando contra el viento helado, iba pasando por una calle
semioscura. La calle estaba sola y muy fría. De pronto, veo la sombra de un hombre apoyado en un árbol
raquítico. Mientras caminaba lentamente, contemplé por un instante y con cierto
asombro la silueta. Levanté la vista y grande fue mi sorpresa. El árbol solo
tenía colgando unas bolsas con basura. Pero la silueta era perfecta, era el perfil
de un hombre delgado, apoyado con cierta pesadez en un escuálido árbol, me
detuve y mire hacia atrás. LA OBRA ERA PERFECTA.
La silueta del hombre en el piso
reflejaba la de alguien cargado, apenas sosteniéndose contra las agujas del
frío. Me hubiera gustado ofrecerle un cigarro. ¿Pero cómo darle un cigarro a
una sombra?
Ese
hombre existió. Hoy bajó desde su casa en el cerro. Agobiado por las deudas,
impotente ante el triste espectáculo familiar, en su casa de terciado con
calaminas, allá arriba en el cerro. Bajó un día, tal vez para buscar trabajo o pedir prestado, pero
le fue mal. Quizás llevaba mucho tiempo en esa calamitosa situación, con las
manos heladas y ateridas por el frío. Ni siquiera tenía para comprar una
cajetilla de diez cigarros. Caminó lentamente por la calle desierta semioscura, y
se apoyó en el árbol, el único en toda la cuadra. Se detuvo a pensar que hacer
frente a su terrible situación. Valor para matarse no tenía. Ya era un hombre
maduro y con cuarto medio apenas. ¿Quién lo contrataría?
El hombre lloró. En silencio. Tan
vastos y tan hondos eran sus sentimientos de desesperación, que sus lágrimas
llegaron gota a gota a la raíz del silente árbol. Las millares de gotas
humedecieron las viejas y secas raíces. Despertó a la leña con ramas, que por respeto
a ese dolor, ni una hoja movió. Dolor que el árbol también sintió al ser
abandonado por quien lo abonó y cuidó.
Dicen que en la noche ocurren cosas
extrañas. Eso dicen las abuelas antiguas. Y así fue, porque el retoño, antes
seco e ignorado, abrazó al hombre esa noche. Nadie se dio cuenta. Nadie sabe
que a las doce de la noche aparece en el suelo de una vereda polvorienta, la
silueta de un árbol, con un hombre apoyado, que dio descanso al agobiado.
P.T.M
P.T.M