jueves, 3 de julio de 2014

EL AGOBIADO

EL AGOBIADO
            Hoy como a las ocho de la tarde, caminando contra el viento helado, iba pasando por una calle semioscura. La calle estaba sola y muy fría. De pronto, veo la sombra de un hombre apoyado en un árbol raquítico. Mientras caminaba lentamente, contemplé por un instante y con cierto asombro la silueta. Levanté la vista y grande fue mi sorpresa. El árbol solo tenía colgando unas bolsas con basura. Pero la silueta era perfecta, era el perfil de un hombre delgado, apoyado con cierta pesadez en un escuálido árbol, me detuve y mire hacia atrás. LA OBRA ERA PERFECTA.

            La silueta del hombre en el piso reflejaba la de alguien cargado, apenas sosteniéndose contra las agujas del frío. Me hubiera gustado ofrecerle un cigarro. ¿Pero cómo darle un cigarro a una sombra?

Ese hombre existió. Hoy bajó desde su casa en el cerro. Agobiado por las deudas, impotente ante el triste espectáculo familiar, en su casa de terciado con calaminas, allá arriba en el cerro. Bajó un día, tal vez para buscar trabajo o pedir prestado, pero le fue mal. Quizás llevaba mucho tiempo en esa calamitosa situación, con las manos heladas y ateridas por el frío. Ni siquiera tenía para comprar una cajetilla de diez cigarros. Caminó lentamente por la calle desierta semioscura, y se apoyó en el árbol, el único en toda la cuadra. Se detuvo a pensar que hacer frente a su terrible situación. Valor para matarse no tenía. Ya era un hombre maduro y con cuarto medio apenas. ¿Quién lo contrataría?

            El hombre lloró. En silencio. Tan vastos y tan hondos eran sus sentimientos de desesperación, que sus lágrimas llegaron gota a gota a la raíz del silente árbol. Las millares de gotas humedecieron las viejas y secas raíces. Despertó a la leña con ramas, que por respeto a ese dolor, ni una hoja movió. Dolor que el árbol también sintió al ser abandonado por quien lo abonó y cuidó.

            Dicen que en la noche ocurren cosas extrañas. Eso dicen las abuelas antiguas. Y así fue, porque el retoño, antes seco e ignorado, abrazó al hombre esa noche. Nadie se dio cuenta. Nadie sabe que a las doce de la noche aparece en el suelo de una vereda polvorienta, la silueta de un árbol, con un hombre apoyado, que dio descanso al agobiado.

                                              P.T.M

1 comentario:

  1. Solo leí este cuento, tendría que leer los demás para hacerme una idea de tu estilo narrativo, pero me gusta la forma en que entrelazas dos historias, o al menos así lo entendí yo, quizás sea un texto de variadas interpretaciones, pero me agrada que posea ese matiz.
    La manera en que hombre y naturaleza se complementan, la manera en que la segunda logra "sentir" y ser "empática"... Eso cambia esquemas, y es bueno.-

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